El Conde de San Germán
(Fragmento)
El último jueves de los corrientes, en un viejo cinema del populoso distrito de La Victoria , ocurrió una tragedia de proporciones dantescas. Acasuzo nomás: una cita con House. El siniestro aconteció a las 9 con 30 minutos del jueves 25, durante la presentación de la novela La Conjura de los Subterráneos (Ediciones El Caracol Emplumado, 2005), ópera prima del crítico y narrador Leonardo Aguirre, la misma que se realizó en las instalaciones del cine Tiffanny's, ubicado en la esquina de Próceres de la Libertad con Panteón de los Héroes. No quiero pasar la noche en una... ¿clínica?... control zeta: en tu caso, será hospital. Cabe señalar que dicho cinema suele ofrecer, alternativamente, una ceremonia religiosa oficiada por la congregación pentecostal Los Jardineros del Edén (miércoles y domingos) y una triple función continuada de cortos pornográficos italianos (de jueves a sábado). O sea, tuco a la posta, yoko a la clínica. Según declaraciones recogidas días antes de los hechos luctuosos en el suplemento cultural del diario El Proceso, el otrora crítico y ahora flamante narrador eligió ese pintoresco local victoriano porque al igual que la juguetona y jugosa Conjura, conjuga erotismo y misticismo. Yogui al night-club, turrón a Cailloma: ¿comprendes, Méndez?
Según el testimonio de Elio Negrini, director de Ediciones El Caracol Emplumado y encargado de la organización del evento, la presentación de La Conjura de los Subterráneos comenzó con una hora de retraso debido a que los cinéfilos se rehusaban a abandonar las instalaciones del cine Tiffanny's antes de la hora acostumbrada. Los parroquianos de la función pornográfica de los jueves denunciaban el hecho de haber visto sólo dos películas cuando el importe del boleto les daba derecho a disfrutar de tres.
Negándose a abandonar sus asientos, una turba de airados habitués amenazó al dueño del Tiffanny's con tomar las instalaciones del cine en caso de que no accediera a satisfacer su pliego de reclamos, el mismo que, a saber, constaba de dos incisos: a. el reembolso de la totalidad del importe de los boletos o, en su defecto, b. la inmediata proyección de la película suspendida, que, según trascendió, se titulaba El Bisturí del Doctor Sade. Sin embargo, de acuerdo a lo manifestado por el dueño del cine Tiffanny's, el crítico y narrador Leonardo Aguirre logró persuadir a los cinéfilos amotinados de retirarse pacíficamente a cambio del obsequio de un ejemplar de La Conjura de los Subterráneos. Según lo expresado por uno de los parroquianos, el autor aseguró que la novela citada contenía numerosas escenas explícitas de pedofilia y bestialismo. Superado el impasse, todo se normalizó y las aguas volvieron a su cauce. No obstante, la aparente tranquilidad fue apenas la calma que precede a la tormenta. Como relataremos a continuación,el motín de los cinéfilos resultó un incidente menor si lo comparamos con los hechos luctuosos que se sucedieron durante la presentación del libro La Conjura de los Subterráneos, los mismos que desembocaron en el linchamiento del crítico y novelista Leonardo Aguirre y la posterior incineración del cine Tiffanny's.
El primer invitado en acudir a la presentación, según relató después un testigo ocular que no quiso identificarse, fue el también escritor Sinesio Girondo. Después de estacionar su camioneta 4 x 4 en mitad de la avenida Próceres de la Libertad , descendió del vehículo y penetró raudamente en el cine Tiffanny's, desoyendo las advertencias de las dos anfitrionas que controlaban el ingreso de los invitados. Abriéndose paso, a codazos y empellones, entre la muchedumbre enardecida que protestaba a viva voz por la suspensión de la película El Bisturí del Doctor Sade, Sinesio Girondo se desplazó con dirección a los camerinos en busca de Leonardo Aguirre. Según declaraciones de un empleado de mantenimiento del cine Tiffanny's, luego de deambular por los pasadizos, Girando abrió la puerta de los servicios higiénicos a puntapiés. Allí, en palabras del referido empleado de mantenimiento, lo ampayó al escritor con sus pantalones abajo. No obstante, trascendió que, para fortuna de Leonardo Aguirre, su fiel guardaespaldas, Marcelo Rossi, se encontraba miccionando en un baño contiguo. De manera que el guardaespaldas escuchó los gritos del novelista y acudió presto para reducir al fascineroso. Según lo relatado por el empleado de mantenimiento, entonces tuvo lugar el siguiente intercambio de palabras entre el novelista y su fiel guardaespaldas:
–Maestro, ¿qué hago con él?
–Lo que mandan las Escrituras.
–¿Contra el tráfico?
–Tú lo has dicho. Hasta que te vengas en tu reino.
Una vez sofocado el motín de los cinéfilos, según declaró una de las anfitrionas, hizo su aparición el príncipe holandés Klaus Van Thyssen. Impecablemente vestido de frac, Van Thyssen ingresó al cine Tiffanny's acompañado de cuatro canes de raza Poodle Islandés. En ese preciso momento apareció también el famoso cirujano plástico Mauro Carlín, experto en manoplastías, quien, a su vez, encabezaba una jauría de perros Pastor Belga Malinois. Sin embargo, los dueños de los referidos canes, curiosamente despreocupados, dejaron que sus mascotas se agarraran a mordiscos y las abandonaron en la puerta del cinema. Seguidamente, cogidos del brazo, Van Thyssen y Carlín pasaron a sentarse en dos butacas colindantes de la primera fila.
El empleado de la boletería del cine Tiffanny's aseguró que, veinte minutos después de la llegada de los susodichos, hizo su aparición el famoso cronista, poeta y sonero cubano Elías Reátegui, visiblemente alcoholizado y flanqueado por dos mulatas de curvas turgentes y atuendo sumario. Cómo quieres el cafú: ¿grone, samborja, mulato, morocho? Trascendió que tan pronto como descubrió a las anfitrionas de la puerta, abandonó a las mulatas a merced de los perros. ¿Cortina? Por otro lado, el empleado de la boletería declaró también haber presenciado el arribo de una limusina color marfil de lunas polarizadas. Conociéndote: capaz a lo machín. La mencionada limusina se estacionó en la acera para permitir el desembarco del famoso trío Los Embajadores Criollos. Con harta leche, pues, broaster. Carlomagno Ferreyra, José Zepita y Henry Bambarén se abotonaron la levita y se calzaron los guantes de cuero. O de repente un irish. Asimismo, cada uno de ellos llevaba un vaso de whisky en la mano y un puro en los labios. Ají: capuchino con whisky... pero tiene que ser irlandés. Tras aparcar la limusina, el chofer acomodó a la hija de Henry Bambarén sobre la capota del vehículo y la niña se puso a rellenar con crayolas y plumones un libro para colorear cuyo título, según trascendió, era El Arco-iris de la Gravedad. Lo justo para tiner: británico.
Las mulatas, que en ese momento batallaban con los perros, no lo pensaron dos veces y, con los tacos en la mano, corrieron para buscar el amparo de Los Embajadores Criollos. El chofer debió abandonar a la pequeña Verónica para controlar a los canes mientras los cantantes retornaban a la limusina acompañados de las mulatas.
De acuerdo a lo manifestado por un efectivo de Serenazgo, cuya caseta se ubicaba en la esquina de Panteón de los Héroes con Padres de la República , a las 8 horas y 43 minutos apareció el reciente ganador del Premio Trasandino de Literatura Gótica, Alfredo Parodi, con un papagayo prendido del hombro que repetía constantemente el monólogo de Molly Bloom. El referido papagayo, por circunstancias que aún se desconocen, abandonó el hombro de Alfredo Parodi y comenzó a revolotear en torno a los Poodle Islandés y los Belga Malinois. Incluso, según el testimonio de una de las referidas anfitrionas que custodiaba la puerta del referido cine, el referido pájaro se puso a picotear los referidos rabos de los referidos perros. Pero muy pronto fue devorado por uno de los Belga Malinois, ante la mirada atónita de su dueño. Según lo manifestado por Alfredo Parodi (35) ante la comisaría del sector, mientras éste se ocupaba de recoger las plumas de su difunta mascota –con el propósito de brindarle cristiana sepultura en un jardín adyacente–, presenció la aparición de un Mercedes gris de lunas polarizadas. Primero descendió un individuo de complexión paupérrima, baja estatura y orejas afiladas, el mismo que, raudo y presuroso, extendió un rollo de papel higiénico entre el auto y la puerta con el propósito de cubrir los orines y deposiciones excretados por los Belga Malinois y los Poodle Islandés. De acuerdo con Parodi, el papel higiénico exhibía curiosas inscripciones y dibujos obscenos. Cuando el sujeto de complexión paupérrima logró su cometido, cuatro individuos de capucha negra emergieron del Mercedes gris. Parodi alcanzó a observar que, además de la capucha, una careta ocultaba sus rostros. Cuchicheaban en un idioma ininteligible, acaso en un código secreto, y, provistos de bastones con empuñadura de plata, caminaban en estilo marcial. Los pasajeros del Mercedes gris besaron las manos de las anfitrionas, cruzaron el umbral del cinema y todo el auditorio volteó a mirarlos. El individuo de complexión paupérrima se quedó en la calle vigilando el Mercedes gris y acariciando a los perros que, sorpresivamente, dejaron de ladrar ante su sola presencia. El único habitué del cine Tiffanny's que decidió permanecer en su butaca para observar la ceremonia de presentación del libro La Conjura de los Subterráneos, afirmó que los encapuchados fueron detenidos a mitad del corredor por un puñado de asistentes ataviados de poncho rojo y armados de un azadón. Los encapuchados, entonces, alzaron sus bastones de forma amenazante con el objeto de obligar a los individuos de poncho rojo a desocupar el corredor y así permitirles el paso. Sin embargo, estos últimos se rehusaron a abandonar su posición y, antes bien, al grito de muerte a los letratenientes, empuñaron los azadones a manera de espadas y arremetieron contra los encapuchados.
Providencialmente, el efectivo de Serenazgo mencionado anteriormente se apersonó al cine inmediatamente, a pedido de las anfitrionas que gritaban destempladamente, y, seguidamente, tras dos disparos al aire, obligó enérgicamente a los revoltosos a abandonar el cine desesperadamente. En ese preciso instante, gracias a la oportuna llamada telefónica hecha por una de las jóvenes anfitrionas, apareció una camioneta tripulada por diez efectivos de la Policía Nacional. Los uniformados instaron a los miembros de los dos bandos en pugna a subir a la camioneta. Trascendió que en la comisaría continuó la trifulca. Poco después, según cuenta otro de los asistentes que no quiso identificarse, el potente rugido de unas motos hizo temblar todo el cinema. Se trataba del famoso periodista de televisión Chemo Perkins, el mismo que, vestido de un sobretodo de cuero rojo, encabezaba una caravana de individuos melenudos, los cuales, por su parte, vestían camisetas de un conocido equipo de fútbol local. Según trascendió, los acompañantes de Perkins eran los flamantes campeones del Mundialito de El Porvenir. Los melenudos estacionaron sus poderosas máquinas y, a un silbido de su líder, se dispersaron tras cruzar la puerta del cine. Otro testigo anónimo refirió que los acompañantes de Perkins comenzaron a gatear entre las butacas y procedieron a desvalijar a toda la concurrencia. Luego se reunieron con Perkins en la esquina de Panteón de los Héroes con Precursores de la Revolución y se repartieron el botín.
De acuerdo al testimonio de la joven dependienta de una botica ubicada frente al lugar de los hechos, sucedió que, a tres cuadras del cine Tiffanny's, el famoso cantautor Gabriel N. y la no menos famosa novelista Amelia Soria, que venían cantando bajo la lluvia, tuvieron la mala fortuna de cruzarse con Perkins y sus acompañantes motorizados que escapaban del cine a toda velocidad. Estos frenaron en seco y formaron un círculo alrededor de la pareja. Según la dependienta de la botica, los melenudos se aflojaron las respectivas correas, descorrieron el respectivo cierre de sus respectivos pantalones y descendieron de sus respectivas motos sin dejar de contemplar a la novelista Amelia Soria con lengua babeante y ojos libidinosos.
No obstante, el periodista de televisión Chemo Perkins –quien, como ya se dijo, lideraba la turba motorizada– prohibió enfáticamente a sus pupilos que tocaran a la novelista y al cantautor hasta que él decidiera qué hacer con ellos. Seguidamente, Perkins se acercó a la pareja, extrajo una moneda del bolsillo de su sobretodo de cuero rojo, y la aventó por los aires. Una vez que hubo recogido la moneda, según el relato de la dependienta de la botica, el famoso periodista de televisión se dirigió al famoso cantautor con estas palabras:
–Perdiste, trovador.
Y a la famosa novelista Amelia Soria, el famoso periodista le dijo con voz susurrante:
–Yo no te condeno. Vete y no escribas más.
Según lo manifestado por un vecino que no quiso identificarse, la joven novelista corrió hasta el cine Tiffanny's para ocultarse. Mientras tanto, el cantautor Gabriel N. fue esposado a una de las motos y arrastrado calle arriba, hacia la cima del cerro El Pino.
Siguiendo con las declaraciones del director de Ediciones El Caracol Emplumado, Elio Negrini, la ceremonia de presentación de la novela La Conjura de los Subterráneos debió principiar dos horas después de lo anunciado en el programa debido a las continuas interrupciones producidas por los incidentes ya mencionados. A las 9 con 15 se apagaron las luces del cinema y, según el testimonio del príncipe holandés Klaus Van Thyssen, el cortinaje rojo del escenario se rasgó por la mitad, de arriba a abajo, y se oyeron los primeros acordes del Mesías de Händel. Precedido por una nube de hielo seco, y amarrado a una pesada cruz de neón, apereció el crítico y narrador Leonardo Aguirre, completamente desnudo y completamente rasurado. El gigantesco artefacto luminoso fue descolgado lentamente sobre el escenario y, según Van Thyssen, un pergamino redactado en tres idiomas -klingon, glíglico y spanglishpendía sobre la cabeza de Aguirre. El citado pergamino, de acuerdo a la traducción del príncipe holandés, rezaba lo siguiente: Aquí yace el Rey de los Plumíferos.
A continuación, en concordancia con el testimonio rendido en la comisaría del distrito por el sonero cubano Elías Reátegui – después de ser sometido a un dosaje etílico–, hicieron su aparición los doce presentadores de la ópera prima de Leonardo Aguirre, luciendo sendos trajes multicolores confeccionados, al parecer, con papel cometa, papel carbón y páginas de la Biblia. Los referidos ponentes, a decir de Reátegui, procedieron a sentarse detrás de una larga mesa rectangular, la misma que, conteniendo copas y platos vacíos, se ubicaba exactamente debajo de la cruz de neón suspendida en el aire. Trascendió que se trataba de los doce críticos, reseñistas y estafetistas más reputados del medio literario local. Posteriormente, una de las anfitrionas se apersonó a la mesa de presentadores con una botella de absinto y, tras llenar las copas de los doce presentadores, invitó a la distinguida concurrencia a servirse de un dispenser convenientemente ubicado en la puerta del cinema, el cual, según recuerda Elías Reátegui, contenía una versión carbonatada del mismo licor que los críticos se disponían a degustar. Por su parte, la otra anfitriona acudió a la mesa con una bandeja llena de libros que de inmediato fileteó con el auxilio de una motosierra. De acuerdo a las declaraciones de Mauro Carlín, dichos libros correspondían a una serie de reseñas que Leonardo Aguirre publicara un año antes, con una frecuencia semanal, en el suplemento cultural del diario El Proceso. Cabe señalar que cada presentador recibió en su plato una suculenta porción de páginas desmenuzadas.
El famoso comediante de café-teatro, Salustio del Arco, aseguró que los doce ponentes, tras haber comido en silencio durante veinte minutos, procedieron a declamar un poema de Vallejo en forma de eructo. A cada uno de los ponentes le correspondió un verso diferente del mismo poema y todos debieron eructar el verso respectivo simultáneamente. Luego del breve y confuso recital, el crítico y narrador Leonardo Aguirre, desde la cruz suspendida sobre la mesa de presentadores, pidió a la distinguida concurrencia que intentara adivinar el título del poema y prometió que el ganador recibiría el primer borrador autografiado de La Conjura de los Subterráneos. Entonces, según Elio Negrini, uno de los doce presentadores, contraviniendo el programa, se levantó de la mesa sorpresivamente y, juntando las manos en posición de plegaria, levantó los ojos al cielo para dirigirse al autor de La Conjura de los Subterráneos con estas palabras:
–Señor, acuérdate de mí cuando ganes el premio Cervantes.
Y Leonardo Aguirre le respondió diciendo:
–De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el parnaso.
Siguiendo con el testimonio de Salustio del Arco, estas últimas palabras del crítico y narrador enardecieron a la concurrencia, la cual comenzó a arrojarle un sinnúmero de objetos contundentes. Según el informe del médico forense, el cuerpo de Aguirre fue acribillado de frutas, botellas, monedas, bolas de billar y enciclopedias. Alfredo Parodi declaró, asimismo, que la famosa novelista Amelia Soria, auxiliada por el individuo de complexión paupérrima que manejaba el Mercedes gris anteriormente señalado, consiguió trepar hasta la mesa de presentadores y se aproximó, gateando sobre los platos, hasta los pies del otrora crítico y actual narrador. A continuación, mientras los doce ponentes aprovechaban para explorar cada rincón de su pulposa anatomía, Soria extrajo una libreta Moleskine del interior de su falda y, agitándola en el aire, pronunció las siguientes palabras con la voz entrecortada y gimoteante:
–A otros enseñó a escribir, ahora que él mismo escriba.
Trascendió que los objetos contundentes no sólo golpearon el cuerpo endeble de Leonardo Aguirre sino que también consiguieron impactar repetidas veces en la cruz de neón que colgaba del techo. En consecuencia, los cables que sujetaban la referida cruz terminaron por romperse y ésta se desplomó sobre el escenario. El crítico y narrador se dio de bruces contra el piso y exclamó una grosería. La multitud, incontenible, se abalanzó sobre el autor de La Conjura de los Subterráneos frente a la impotencia de los doce presentadores y del director de Ediciones El Caracol Emplumado, los cuales, antes bien, procedieron a huir en estampida. A continuación, visiblemente desesperado, Aguirre llamó con alaridos a Elio Negrini, el mismo que intentaba deslizarse por una ventana rota situada en el interior de los servicios higiénicos:
–Elio, Elio, ¿por qué me abandonas?
Por otro lado, el perito en criminalística, Danny Reyna, confirmó después que el guardaespaldas de Aguirre, Marcelo Rossi, ya había perecido para entonces a manos del escritor Sinesio Girondo. Reyna declaró que, horas más tarde, encontraron el cuerpo rígido del coronel en situación de retiro en una posición muy curiosa: la cabeza en el inodoro, los brazos extendidos y las piernas apoyadas contra la pared. Adicionalmente, Reyna aseguró haber descubierto una misteriosa inscripción en la pared del baño, hecha, según parece, con la propia sangre de la víctima. De acuerdo a la traducción de Van Thyssen, la mencionada inscripción correspondería al poema de Vallejo que recitaron los doce críticos durante la ceremonia de presentación. Trascendió que el presunto asesino habría abandonado el país llevándose consigo todos los ejemplares de La Conjura de los Subterráneos que custodiaba una de las jóvenes anfitrionas.
Continuando con el testimonio del perito en criminalística, a las 9 con 28 se inició el incendio de proporciones dantescas. Se especula que el siniestro fue producido por una chispa procedente de la cruz de neón que logró encender las páginas desmenuzadas que yacían sobre la mesa de presentación. El fuego redujo a escombros todo el auditorio pero, según explicó Danny Reyna, los baños quedaron intactos. Además, no hubo pérdidas humanas que lamentar pues todos los concurrentes a la presentación de la novela La Conjura de los Subterráneos, encabezados por Elio Negrini, consiguieron escabullirse, como ya se indicó, por una ventana de los servicios higiénicos. Las únicas víctimas mortales fueron los perros Poodle Islandés y Belga Malinois, además del coronel en situación de retiro Marcelo Rossi, cuyo deceso, de acuerdo con Reyna, ocurrió una hora antes del siniestro.
No obstante, cabe señalar que el crítico y narrador Leonardo Aguirre, debido a las férreas ataduras que lo sujetaban a la cruz de neón, fue el único que no logró escapar a tiempo de las llamas. En corcondancia con las declaraciones de numerosos vecinos del populoso distrito de La Victoria que se apersonaron para presenciar el incendio, se alcanzó a oír, minutos antes del arribo de los bomberos, una voz retumbante y sobrecogedora en el interior del cinema:
–Señor: perdónalos porque no saben lo que se pierden.
Y tal es la misma inscripción que, según instrucciones expresas de su señora madre, decora hoy la lápida de Leonardo Aguirre en el cementerio El Ángel.
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Leonardo Aguirre estudió Periodismo en la Pontificia Universidad Católica del Perú.
Firmó crónicas y reseñas para el suplemento El Dominical de El Comercio y una columna semanal de opinión para La República. Escribió también una columna de crítica de libros para la web Agenciaperu.com y administró, bajo su propio nombre, una de las bitácoras literarias más visitadas de la blogósfera peruana. Actualmente se ocupa de la sección de reseñas de la revista Dedomedio.Relatos suyos han aparecido en antologías como Papel cometa: cinco cuentos y un bonus track (Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación, PUCP, 2004); El arte, las mujeres, la muerte y otros cuentos (Matalamanga, 2004); Estática doméstica: tres generaciones de cuentistas peruanos (Universidad Nacional Autónoma de México, 2005); Disidentes: muestra de la nueva narrativa peruana (Revuelta editores, 2007). |
© Leonardo Aguirre. Todos los derechos reservados, 2007.